Capítulo 3
Desde la creación
Génesis 2:1-3. Así fueron acabados los cielos y la tierra, y todo el ejército de ellos. Y en el séptimo día acabó Dios su obra que había hecho, y descansó en el séptimo día de toda su obra que había hecho. Y bendijo Dios el día séptimo, y lo santificó, porque en él descansó de toda su obra que Dios había creado y hecho.
La Biblia presenta el origen del día de reposo en el mismo comienzo de la historia humana, mucho antes de la existencia del pecado, de los sistemas religiosos o de cualquier nación en particular. En Génesis 2:1-3 se declara que, al finalizar la creación, Dios reposó en el séptimo día, lo bendijo y lo santificó. Este detalle no es menor: el texto no dice que el hombre santificó ese día, ni que surgió como una práctica cultural, sino que fue el mismo Dios quien lo apartó como un tiempo especial desde el inicio. El día de reposo, por lo tanto, no aparece como una respuesta al pecado, sino como parte del diseño original de la creación perfecta.
Este punto es fundamental, porque establece una diferencia clara entre el día de reposo y otras instituciones que sí fueron introducidas posteriormente. Por ejemplo, el sistema de sacrificios y ofrendas fue dado como consecuencia del pecado, como una forma de señalar hacia la redención futura. Estos elementos tenían un carácter temporal y simbólico, y cumplían un propósito específico dentro del plan de salvación. Sin embargo, el día de reposo no surge en ese contexto. Fue instituido en un mundo sin pecado, donde no existía la muerte, ni la necesidad de sacrificios, ni la separación entre Dios y el hombre. Esto indica que su propósito es más profundo y permanente.
Además, cuando el sábado fue establecido, no existía el pueblo de Israel, ni había distinción de naciones. Adán y Eva eran los únicos seres humanos sobre la tierra y representaban a toda la humanidad. Esto significa que el día de reposo no fue dado exclusivamente a un grupo étnico o religioso, sino a la raza humana en su totalidad. No era una señal nacional, sino un regalo universal desde el principio de la historia. El hecho de que su institución preceda por miles de años a la existencia de Israel muestra que su alcance no puede limitarse a los judíos.
El relato de la creación también muestra que Dios realizó tres acciones específicas sobre el séptimo día: descansó, lo bendijo y lo santificó. Bendecir implica otorgar un beneficio especial, y santificar significa apartar algo para un uso sagrado. Estas acciones no se aplican a ningún otro día de la semana en el relato bíblico. Esto indica que el séptimo día fue distinguido de manera única, no por decisión humana, sino por decreto divino. No fue el resultado de una costumbre que se desarrolló con el tiempo, sino una institución establecida desde el principio con un propósito definido.
Si el día de reposo fue establecido en la creación, antes del pecado y antes de cualquier sistema ceremonial, entonces no puede colocarse en la misma categoría que aquellas prácticas que sí fueron temporales y sujetas a cambios. No depende de circunstancias históricas ni de pactos específicos con una nación, sino que forma parte del orden original que Dios estableció para la humanidad (Marcos 2:27). Por esa razón, cualquier afirmación de que este día fue cambiado debe ser examinada cuidadosamente, ya que implicaría una modificación de algo que fue instituido en el mismo fundamento de la creación.
Este hecho nos obliga a considerar una pregunta clave: si el día de reposo fue dado a la humanidad desde el principio, en un mundo perfecto y sin pecado, ¿sobre qué base podría haber sido alterado posteriormente? Esta interrogante no puede responderse con suposiciones ni con tradiciones, sino únicamente con evidencia clara. A medida que avancemos, seguiremos permitiendo que la Biblia misma nos guíe en la respuesta.