Capítulo 6
Jesús sabía que lo iban a malinterpretar
Mateo 5:17-19. No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir. Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo sea cumplido. De manera que cualquiera que quebrantare uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñare a los hombres, será llamado muy pequeño en el reino del cielo; mas cualquiera que los hiciere y enseñare, este será llamado grande en el reino del cielo.
A lo largo de su ministerio, Jesús no solo enseñó la verdad, sino que también anticipó las distorsiones que surgirían alrededor de ella. En Mateo 5:17-19 encontramos una declaración directa y preventiva: No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas. Esta frase no aparece por casualidad. Jesús sabía que algunos interpretarían su misión como un intento de cambiar o eliminar la ley de Dios, y por eso lo deja claro desde el principio: su propósito no era abrogar, es decir, no era abolir, revocar ni anular la ley divina. En términos jurídicos, “abrogar” significa suprimir completamente la vigencia y obligatoriedad de una ley. Jesús, entonces, está afirmando con toda claridad que su obra no implicaba la eliminación de los mandamientos.
Lejos de presentar la ley como algo pasajero, Jesús la coloca en el plano más alto de permanencia: hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley. Con esta expresión, utiliza los elementos más pequeños del lenguaje para enfatizar que ni el más mínimo detalle de la ley sería modificado. No se trata de una afirmación simbólica o abierta a reinterpretaciones, sino de una declaración firme sobre la estabilidad y continuidad de los mandamientos de Dios.
La expresión “hasta que pasen el cielo y la tierra” refuerza la permanencia de la ley dentro del marco de la historia humana tal como la conocemos. Jesús utiliza una imagen fuerte y comprensible: mientras exista este orden creado, la ley no pierde vigencia. No está sujeta a cambios culturales ni a decisiones humanas, sino que permanece firme mientras dure este mundo. Y aun cuando la Biblia habla de un cielo nuevo y una tierra nueva, no presenta un escenario de desorden o ausencia de ley, sino de perfecta armonía con la voluntad de Dios. Más adelante veremos que, lejos de desaparecer, la obediencia continúa en ese estado futuro, lo que confirma que los principios divinos (incluido el cuarto mandamiento) no son temporales, sino parte del orden eterno de Dios.
Jesús va aún más lejos al advertir sobre las consecuencias de enseñar en contra de esa ley. Dice que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos, aun los que se consideran más pequeños, y enseñe a otros a hacer lo mismo, será llamado muy pequeño en el reino de los cielos. Esta expresión no es un elogio ni una posición honorable; es una advertencia. En contraste, quien guarda los mandamientos y enseña a otros a hacer lo mismo será llamado grande en el reino. Aquí se establece una diferencia clara entre dos tipos de influencia: la que lleva a la obediencia y la que promueve la desobediencia.
Apocalipsis 22:14-15. Bienaventurados los que guardan sus mandamientos, para tener derecho al árbol de la vida, y poder entrar por las puertas en la ciudad. Mas los perros estarán afuera, y los hechiceros, y los disolutos, y los homicidas, y los idólatras, y cualquiera que ama y hace mentira.
Cuando comparamos esta declaración con Apocalipsis 22:14-15, el contraste se vuelve aún más evidente. Allí se dice que bienaventurados son los que guardan sus mandamientos, porque tendrán derecho al árbol de la vida y entrada a la ciudad. En cambio, aquellos que practican la desobediencia quedan fuera. Esto nos ayuda a entender que el concepto de “ser llamado pequeño en el reino” no implica aprobación, sino una condición inferior que, en el contexto completo de la Escritura, se asocia con la pérdida de ese privilegio. La obediencia a los mandamientos no es un detalle menor, sino una evidencia fundamental de la relación con Dios.
A la luz de estas declaraciones, se vuelve necesario evaluar con seriedad cualquier enseñanza que promueva la idea de que la ley de Dios ha sido cambiada o anulada. Si Jesús afirmó explícitamente que no vino a abrogarla, y además advirtió sobre el peligro de enseñar a otros a quebrantarla, entonces cualquier doctrina que haga lo contrario entra en conflicto directo con sus palabras. No importa cuán extendida o tradicional sea una enseñanza; si contradice lo que Cristo dijo, debe ser examinada cuidadosamente.
Esto también nos lleva a una conclusión práctica: ningún sistema religioso, iglesia, ministerio o líder espiritual puede considerarse digno de plena confianza si enseña a ignorar o quebrantar los mandamientos de Dios. La autoridad final no reside en la tradición ni en la mayoría, sino en la Palabra de Dios. Jesús dejó establecido un principio claro: la verdadera grandeza en el reino está ligada a guardar y enseñar los mandamientos, no a reemplazarlos ni reinterpretarlos según conveniencia.