En el año 2025, el Papa León XIV publicó su carta apostólica In Unitate Fidei con motivo del 1700 aniversario del Primer Concilio Ecuménico de Nicea (que se celebró en el año 325 d.C.) y del Credo Niceno-Constantinopolitano, la profesión de fe que todavía se recita en la misa dominical.
Para el Papa, la doctrina trinitaria —la fe en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo— es el corazón de la fe cristiana, y “la profesión de fe que une a todos los cristianos” es precisamente ese Credo que expresa la creencia en la Trinidad. Cita textual de la carta:
“El Credo de Nicea puede ser la base y el criterio de referencia de este camino. Nos propone, de hecho, un modelo de verdadera unidad en la legítima diversidad. Unidad en la Trinidad, Trinidad en la Unidad … Por tanto, debemos dejar atrás controversias teológicas que han perdido su razón de ser para adquirir un pensamiento común y, más aún, una oración común al Espíritu Santo, para que nos reúna a todos en una sola fe y un solo amor”. (IN UNITATE FIDEI, párrafo 12)
En este documento, el Pontífice pide que los cristianos renueven su entusiasmo por la profesión de fe contenida en ese Credo, porque es “el patrimonio común de los cristianos” y porque une a las Iglesias en la fe en Cristo.
Desde una perspectiva cristiana tradicional, creer en la Trinidad no es solo una doctrina abstracta, sino lo que define a una comunidad como verdaderamente cristiana y no como una secta. La historia de la Iglesia muestra que el dogma trinitario no se terminó de cristalizar hasta el Concilio de Constantinopla en el año 382 d.C., donde se completó la formulación del Credo que hoy llamamos Niceno-Constantinopolitano.
Es importante notar que la doctrina de la Trinidad no se encuentra expresada literalmente en una sola frase de la Biblia, sino que es una inferencia teológica derivada del conjunto de Escrituras y de la reflexión filosófico-teológica a lo largo de los primeros siglos de la Iglesia.
En contraste con esta tradición doctrinal, Jesús dijo en la Biblia:
“Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.” (Juan 17:3), enfatizando la personalidad de Dios, clara y definida.
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